Son míos porque algo me dicen. Porque me conmueven de algún modo. Porque me afectan. Porque me aluden. Porque me implican. Porque me explican. Porque me inquietan o me intrigan. Porque me divierten. Porque, desde la primera lectura, los sentí cercanos y eso ha hecho que acabe sintiéndolos propios. Porque a fuerza de releerlos los memoricé sin esfuerzo y los tengo clavados en el lóbulo temporal. Son míos porque son parte de mí. Como estos cuatro versos de Yo voy soñando caminos de Antonio Machado. Debí de leerlo por primera vez en la escuela –gracias, maestro- y lo que me gustó inmediatamente, sin poder explicarlo entonces, es el juego con las palabras, la poderosa presencia de los verbos, cinco en tan breve espacio: los usos pronominales, el metafórico “serpea”…, la rima abrazada –rece, ea, ea, rece- de la redondilla, y la inquietante sensación del camino que se difumina y se borra, y que “blanquea” por contraste con los campos oscurecidos de pinos y encinas en el horizonte anocheci...